Hace un par de semanas, las redes sociales se llenaron de esta fotografía de un lince blanco, tomada por el fotógrafo Ángel Hidalgo en Jaén. El felino, bautizado como «Satureja» es una hembra de lince ibérico.
En la mitología y las creencias antiguas, la rareza de los animales albinos o de pelaje blanco les confirió un estatus sagrado y poderoso. Se los consideraba criaturas tocadas por lo divino, funcionando como presagios de eventos cruciales o de un resurgimiento espiritual. Su aparición era interpretada como una señal de predestinación, indicando la manifestación de la pureza, la conexión con el mundo espiritual, o un mensaje directo de los dioses para aquellos que tenían la fortuna de encontrarlos.
Sin ir más lejos, seguro que si has visto La Casa del Dragón (la precuela de Juego de Tronos), recuerdas la escena en la que el venado blanco, símbolo del presagio regio, se muestra en frente a la princesa Rhaenyra Targaryen (legítima heredera al trono de Hierro).
Aunque haya habido un delirio colectivo de usuarios de twitter (X) pensándose que Satureja viene a guiar a España en la reconquista del «Imperio en el que nunca se ponía el sol» de Felipe II, en realidad el minino solo está estresado.
Se ha abierto un debate sobre a qué se debe el color del pelaje de Satureja, y la ciencia tiene bastante más que decir que los usuarios de twitter o que Juego de Tronos.
Primera hipótesis: albinismo
Se descartó rápidamente ya que en el albinismo la ausencia total de melanina también afecta a los ojos, dejándolos rojizos, y Satureja mantiene los característicos ojos amarillos de los linces ibéricos.
Segunda hipótesis: leucismo
El leucismo es una condición genética rara que provoca la pérdida parcial de pigmentación en el pelo o la piel, mientras que los ojos mantienen su color habitual.
Sin embargo, las últimas investigaciones y declaraciones de los expertos del Proyecto Life Lynx Connect, coordinadores del Plan de Recuperación del Lince Ibérico en Andalucía, han descartado esta teoría genética. El leucismo se descartó porque la condición de la lince Satureja no es una mutación genética permanente y de nacimiento. Esto es, básicamente, que nació con su pelaje normal y que la coloración blanca se produjo después (adquirida) y que es reversible, resulta además que Satureja estaba emparentada con linces que han presentado el mismo patrón y pelaje que ella y estos han terminado recuperando su color.
Una despigmentación temporal causada por el estrés.
Tristemente, una despigmentación temporal y reversible del color del pelaje de Satureja es, de forma más probable, una respuesta fisiológica causada por el estrés. En humanos podemos ver esta alteración en la síntesis de melanina en la pérdida temporal de pigmento en el cabello cuando pasamos por situaciones de alta tensión.
Los linces son animales muy sensibles a su entorno y Satureja, más allá de un símbolo de presagio, nos recuerda a todos, a la comunidad científica y al público, la fragilidad del ecosistema y la necesidad de continuar los esfuerzos de conservación de esta especie.
He estado veraneando el pasado mes de agosto en casa de mis tías. Es una casa que tiene un jardín rodeado de matorrales, árboles y hiedras donde hay moderada vida silvestre. La protagonista de este verano ha sido una avispa, apodada Abeconejo que nos ha visitado en cada uno de nuestros desayunos, comidas y cenas.
Era muy increíble porque el bichito aparecía exactamente a las mismas horas, no llegaba ni tarde ni pronto ningún día, tampoco se traía otras amigas (lo cual agradecíamos) ni visitaba la mesa en otro momento que no fuera en las tres comidas principales.
Abeconejo, dejo claro desde ya, sigue con vida y paseándose por el jardín.
Es muy curioso porque las avispas tienen un impresionante sistema de roles dentro de sus colonias. Tras investigar un poco he descubierto que Abeconejo es una avispa obrera solitaria exploradora. Las avispas obreras son hembras estériles, y en su rol de exploradora tiene como objetivo buscar fuentes de alimento para las larvas del nido y, más tarde en el verano, también azúcares para las obreras adultas.
Abeconejo es especialmente fan del aguacate.
¿Cómo sabía la avispa exactamente dónde y a qué hora iba a haber comida?
Cuando una avispa obrera localiza una fuente de comida abundante y fiable, lo que hace es memorizar con puntos de referencia visuales (árboles, edificios, sombrillas, muebles…) dónde está el festín. Además nuestra inteligente amiga memorizó los horarios para optimizar sus viajes a cuando sabía que la comida era accesible.
¿Por qué no llamaba a sus amigas?
La hipótesis principal es que al ser una exploradora y la fuente de comida no era duradera (porque solo estábamos un ratito comiendo) entonces no le merecía la pena volver a la colmena a llamar a más avispas, probablemente la cantidad de comida que se llevaba de la mesa eran tres buenas raciones diarias para las larvas, puede ser también que el nido estuviera lo suficientemente lejos como para que la señal de reclutamiento no fuera inmediata o prioritaria para otras, o simplemente Abeconejo era tan eficiente que no necesitaba ayuda.
Ya que nosotras no molestamos en ningún momento a nuestra amiga avispa, es más, algún día le pusimos su propio plato, Abeconejo dedujo que nuestra terraza era un lugar seguro y rentable para obtener comida y adaptó su horario de búsqueda de alimentos a nuestras horas de comer, haciéndonos compañía durante el tiempo que estuve allí.
Hay que recordar que las avispas desempeñan un papel fundamental en la naturaleza: actúan como depredadoras de plagas de otros insectos (como pulgones y orugas), ayudando a equilibrar los ecosistemas, también son carroñeras y se comen restos de carnes o frutas podridas, y en menor medida, contribuyen a la polinización de algunas plantas. De esta manera, su presencia, aunque a veces invasiva y algo molesta para nosotros los humanos, es un indicador de un entorno natural saludable. Otra baza a favor de estos insectos sociales es que por lo general, las avispas raramente pican a menos que se sientan directamente amenazadas o se ponga en peligro su avispero.
Para nosotras Abeconejo siempre fue un comensal más.
Hoy en clase de Métodos de Predicción Lineal, nuestro profesor nos ha presentado un breve recorrido histórico sobre la evolución de las técnicas empleadas en este campo, deteniéndose especialmente en un famoso rifirrafe entre dos grandes figuras: Carl-Friedrich Gauss el príncipe de los matemáticos, y el francés Adrien-Marie Legendre, a propósito de uno de los procedimientos más influyentes en la estadística y la astronomía: el método de los mínimos cuadrados.
2. El contexto histórico: finales del siglo XVIII
Isaac Newton (1643-1727) abrió la puerta a una nueva forma de entender el universo: sus leyes pusieron en marcha a generaciones de investigadores dispuestos a comprobar, con telescopios y cálculos, los principios que podían sostener el mundo. Décadas después de su muerte, con la mecánica newtoniana en vías de consolidarse, la mirada científica se centraba en confirmar aquellas teorías físicas a través del movimiento de los astros. Afinar las órbitas a partir de datos imperfectos permitía comprobar si las leyes de Newton describían fielmente la realidad o si, por el contrario, existían desviaciones que podían apuntar a fenómenos aún desconocidos.
3. ¿Cómo se medían las distancias a los astros en el siglo XVIII?
Dado que hace 200 años no tenían telemetría láser como la que usamos hoy en día para medir distancias dentro del Sistema Solar, los astrónomos recurrían a métodos geométricos y trigonométricos, aprovechando principios ópticos y las leyes de Newton y Kepler. Las técnicas clave eran:
1) Paralaje:
Se observaba el mismo astro desde dos puntos distintos de la Tierra (o en diferentes momentos, usando el movimiento de la Tierra en su órbita) y, a partir del ángulo de desviación aparente, se calculaba la distancia por trigonometría. Fue fundamental para medir distancias a la Luna (como he ilustrado en las fotos) y, más tarde, a planetas cercanos. De hecho he mencionado en anteriores artículos a Friedrich Bessel, matemático, astrónomo y primer hombre en determinar el paralaje de una estrella.
2) Tránsitos planetarios(Venus):
En especial, los tránsitos de Venus (cuando pasa por delante del disco solar). Al observarlos desde distintos lugares del globo, se podía calcular el paralaje solar y con ello estimar la distancia media Tierra-Sol (la Unidad Astronómica). Esta fue una de las grandes campañas científicas del siglo XVIII: los tránsitos de 1761 y 1769 movilizaron expediciones internacionales (Cook, Chappe d’Auteroche, entre otros). Recomiendo encarecidamente este estudio del Centro Nacional de Información Geográfica:
Midiendo posiciones relativas (ángulos, tiempos, periodos orbitales), se podían deducir proporciones de distancias y tamaños de órbitas. Newton mismo, en los Principia (1687), mostró cómo derivar relaciones de distancia a partir de periodos orbitales. He encontrado en la página de la UPV unos recursos online sobre dinámica celeste en la que se explica muy bien la descripción del movimiento relativo del cuerpo y trata justamente de cómo se derivan relaciones de distancia a partir de los periodos orbitales, es decir, la tercera ley de Kepler puesta en términos relativos:
El valor absoluto (en km) llegó al combinar esta relación con mediciones de paralaje solar o de tránsitos de Venus, que dieron la escala real del Sistema Solar.
4. El desafío matemático del cambio de siglo: la órbita de Ceres
En 1801, el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi descubrió un nuevo cuerpo celeste, al que denominó Ceres, entre Marte y Júpiter. Piazzi solo pudo observar a Ceres durante 41 días, antes de que el cuerpo celeste se ocultara tras del sol. Para que los astrónomos pudieran volver a encontrar a Ceres y continuar con su estudio, era necesario calcular su órbita y predecir su futura posición en el cielo.
Durante mucho tiempo a Ceres se le consideró el primer asteroide conocido. Sin embargo, con el avance de la astronomía y el descubrimiento de otros cuerpos similares, en 2006 la Unión Astronómica Internacional lo reclasificó como planeta enano, el más pequeño del Sistema Solar.
Adrien-MarieLegendre(1752-1833) fue un matemático francés de primer nivel, una figura clave en la transición entre el siglo XVIII y XIX. En 1805 publicó su obra Nouvelles méthodes pour la détermination des orbites des comètes, donde presentó por primera vez de manera formal el método de los mínimos cuadrados (en la imagen 2, a continuación), méthode des moindres carrés, sin ligarlo a la probabilidad. Legendre no participó en el famoso caso de la órbita de Ceres, su obra trataba de forma general de los cálculos de las órbitas de los cometas.
Carl Friedrich Gauss (1777–1855), el príncipe de los matemáticos. En 1795, con tan solo 18 años, Gauss afirmaba haber desarrollado de manera independiente el método de los mínimos cuadrados, aunque no lo publicó en ese momento. Lo aplicó por primera vez con éxito en el cálculo de la órbita del recién descubierto asteroide Ceres en 1801. Mientras otros métodos fracasaban en predecir su posición tras desaparecer detrás del Sol, las predicciones de Gauss, basadas en este procedimiento, resultaron extraordinariamente precisas y permitieron redescubrir el cuerpo celeste en diciembre del mismo año. En 1809, Gauss publicó su obra mayor en astronomía, Theoria motus corporum coelestium, donde incluyó no solo el método de los mínimos cuadrados, sino también una justificación matemática rigurosa a partir de la teoría de la probabilidad. Fue allí donde declaró haberlo usado desde 1795, reforzando su reivindicación de prioridad frente a Legendre.
“Por lo demás, nuestro principio, que hemos utilizado desde el año 1795, ha sido publicado recientemente también por el ilustre Legendre en su obra Nouvelles méthodes pour la détermination des orbites des comètes, París, 1806…”
Con esta afirmación, Gauss daba a entender que había llegado al método antes de la publicación de Legendre, aunque nunca lo hubiera difundido. Esa expresión, “nuestro principio”, fue interpretada por Legendre como un intento de apropiarse de la prioridad, y marcó el inicio abierto de la controversia.
«Principium nostrum» o Gauss utilizando el plural mayestático… Esta afirmación molestó profundamente a Legendre, que defendía que la prioridad debía otorgarse siempre al primero en publicar, y no al que alegaba haber usado un método sin pruebas impresas, incluso si esa persona era el mismísimo Gauss. Primero lo expresó en una carta privada a Gauss en 1809, y más tarde, con mayor firmeza, en una nota añadida al suplemento de 1820 de su obra, donde lo acusaba abiertamente de atribuirse descubrimientos ajenos y recordaba que algo similar había sucedido con la ley de reciprocidad cuadrática (un teorema fundamental de la teoría de números que establece una relación entre la solubilidad de dos ecuaciones de congruencia cuadrática), enunciada por Euler en 1754, formulada por él en 1785 y demostrada rigurosamente por Gauss en 1801. Gauss, por su parte, nunca respondió públicamente al ataque de Legendre, pero en su correspondencia privada reafirmó que había usado el método desde la década de 1790 y que varios astrónomos como Olbers o Lindenau podían dar fe de ello. Heinrich Wilhelm Olbers (descubridor de Palas en 1802) y Bernhard von Lindenau estuvieron entre los astrónomos que intentaron calcular sin éxito la órbita de Ceres usando los métodos tradicionales de la época (aproximaciones geométricas y ajustes manuales).
8. El desenlace
Con el tiempo, la historiografía matemática zanjó el debate de forma más o menos equilibrada: Legendre fue el primero en publicar el método, mientras que Gauss fue quien lo dotó de una fundamentación matemática sólida y lo consolidó como herramienta indispensable en astronomía y estadística.
¿En qué consiste exactamente el método de los mínimos cuadrados?
El método de los mínimos cuadrados ajusta un modelo lineal a datos eligiendo los parámetros que minimizan la suma de los errores al cuadrado entre lo observado y lo predicho (proyecta los datos sobre el espacio generado por los predictores). Con ello obtiene estimaciones estables y, bajo supuestos habituales, óptimas entre las lineales e insesgadas.
Lo que entonces estuvo marcado por una disputa de prioridad con Legendre terminó convirtiéndose en la lengua franca de la predicción lineal: una idea sencilla —proyectar los datos sobre el espacio generado por los predictores— que sostiene desde la astrometría y la geodesia hasta la econometría, la calibración de sensores y el aprendizaje automático. No solo es una reliquia histórica, sino también una herramienta de uso diario. Llega a las manos de estudiantes como yo en las primeras asignaturas de la carrera y nos acompaña cada vez que ajustamos una recta, validamos un modelo o estimamos un efecto. He ahí el arco de esta historia: del choque de firmas a una idea que, 216 años más tarde (a octubre de 2025) continúa trazando líneas de sentido sobre el mundo.
Umeå, Suecia, el pasado 29 de septiembre (foto tomada por mi)
Dedicado a mi amor, Matthieu, y a mi cazadora de auroras favorita, Antonia.
No me queda más remedio de tacharme de la persona más afortunada de la tierra, por mil razones, pero el pasado lunes entró en la lista el haber sido testigo de uno de los fenómenos electromagnéticos más alucinantes que se pueden ver en nuestro planeta: las auroras boreales.
Las auroras boreales (y las auroras en general)
Las auroras boreales (en el hemisferio norte) y las auroras australes (en el hemisferio sur) son fenómenos luminosos que dan lugar en la atmósfera superior (ionosfera) cuando las partículas cargadas (electrones e iones) originadas por el Sol (viento solar) interactúan con el campo magnético terrestre y con los gases del aire (principalmente oxígeno y nitrógeno).
El proceso:
El sol lanza partículas cargadas hacia el espacio, como en el viento solar, eyecciones de masa coronal o agujeros coronales. Algunas de esas partículas viajan hacia la Tierra y llegan a nuestro entorno magnetosférico(como se ve en la imagen).
El campo magnético terrestre desvía muchísimas de esas partículas, sin embargo algunas quedan atrapadas y viajan por las líneas del campo magnético hacia las regiones polares, regiones magnéticamente conectadas.
A la hora de penetrar la ionosfera, las partículas colisionan con moléculas y los átomos de oxígeno y nitrógeno. Las colisiones excitan los átomos, que liberan fotones cuando vuelven a niveles de energía más bajos, generando luz visible.
La forma y el color depende de la energía de las partículas, altitud, tipo de gas, las densidades locales, etc.
Del mismo modo que la Luna, a través de su gravedad, levanta las mareas y moldea el pulso del océano, el Sol agita un mar distinto: un océano de partículas y campos magnéticos que envuelve a nuestro planeta. Cuando ese oleaje solar alcanza la Tierra, no mueve el agua, sino la atmósfera superior, encendiendo el cielo en las auroras boreales.
Las auroras son más frecuentes y visibles cerca de los polos porque allí las líneas de campo magnético convergen y permiten que partículas penetren más fácilmente en la atmósfera.
Estas “rosquillas” de partículas cargadas atrapadas por el campo magnético rodean la Tierra y actúan como un escudo frente al viento solar. Cuando parte de esa energía logra canalizarse hacia los polos, se manifiesta en forma de auroras boreales y australes.
Pensar que cuanto más frío haga, mayores son las las probabilidades de ver auroras es un error común. La temperatura del aire no influye en absoluto en su aparición: las auroras no dependen del clima terrestre, sino de la actividad solar y del comportamiento del campo magnético que rodea nuestro planeta como acabo de explicar exhaustivamente. Tampoco es cierto que solo se manifiesten en pleno invierno(en verano la luz solar las oculta, pero no desaparecen)o que sea un privilegio exclusivo del norte(o del sur-bien-al-sur) durante las tormentas solares más intensas, el óvalo auroral puede expandirse y dejar su rastro luminoso incluso en latitudes medias, el 18 de enero de 1770, una aurora fue observada en varios puntos de España, desde Gerri de la Sal (≈ 42.3° N) hasta San Cristóbal de la Laguna, en Canarias (≈ 28.5° N).
Comprender cuándo y dónde aparecerán no tiene que ver con termómetros ni estaciones, sino con aprender a leer el lenguaje del viento solar y de la magnetosfera: justo lo que intentan los métodos científicos de predicción auroral.
Limitaciones y avances en la predicción de visibilidad de las auroras boreales
Predecir auroras es complejo porque involucra procesos solares, interplanetarios y magnetosféricos que evolucionan en múltiples escalas de tiempo. Sin embargo, los científicos usan una combinación de métodos que se pueden clasificar según el horizonte temporal (años, días, horas, minutos).
Los modelos empíricos y estadísticos: el modelo OVATION
Uno de los enfoques más utilizados en la predicción operativa es el de los modelos empíricos, construidos a partir de observaciones y correlaciones entre parámetros solares y la ocurrencia real de auroras. El modelo OVATION (Oval Variation, Assessment, Tracking, Intensity, and Online Nowcasting) desarrollado por el Space Weather Prediction Center es un modelo que utiliza variables medidas en tiempo real (como la velocidad del viento solar, la densidad de partículas y el campo magnético interplanetario para estimar la probabilidad y la localización del «óvalo auroral». La fortaleza de este modelo está en la inmediatez: pronósticos de entre 30 y 90 minutos con relativa precisión. Sin embargo, como todo modelo estadístico, depende de la calidad de los datos y tiende a fallar bajo condiciones extremas o imprevistas del clima espacial.
Modelos físicos o de acoplamiento global
Los modelos empíricos se basan en correlaciones, los modelos físicos intentan reproducir los procesos reales del sistema Sol-Tierra. Estos modelos integran complejísimas ecuaciones de magnetohidrodinámica (MHD) para describir cómo el plasma solar interactúa con el campo magnético terrestre y cómo esa energía se transmite hacia la ionosfera. En los llamados «modelos de acoplamiento global», la magnetosfera y la ionosfera se tratan como un sistema interdependiente (dependen mutuamente unos de otros y, al fallar uno, los demás también se ven afectados), donde las corrientes eléctricas, los campos y la dinámica del plasma evolucionan de forma conjunta. Como ventaja frente a otros modelos, este permite explorar las causas físicas de las auroras, no solo precedirlas. Sin embargo, como he mencionado antes sobre las ecuaciones de magnetohidrodinámica, se requiere de una gran capacidad de cálculo, y estos modelos presentan aún incertidumbres debidas a la complejidad del plasma espacial y a la falta de datos continuos en ciertas regiones de la magnetosfera.
La asimilación de datos y mejora con observaciones satelitales.
La prácticamente línea más prometedora de la predicción moderna es la asimilación de datos, una línea que combina modelos teóricos con observaciones reales para ajustar y mejorar los pronósticos en tiempo casi real. Al incorporar mediciones directas del viento solar, de la radiación o de la luminancia auroral —proporcionadas por satélites como DSCOVR, ACE o los sensores VIIRS del programa Suomi NPP—, los modelos pueden corregir sus estimaciones y ofrecer predicciones más precisas de la ubicación y la intensidad de las auroras visibles. Este enfoque híbrido, muy similar al que se usa en la meteorología terrestre, representa un paso decisivo hacia una predicción operacional más fiable. Aun así, sigue limitado por la latencia de los datos y por la dificultad de observar de forma continua todo el entorno espacial que rodea a la Tierra.
El futuro de la predicción de auroras parece tan brillante como las propias luces que busca anticipar. Cada nuevo satélite, cada mejora en los modelos del clima espacial y cada avance en la inteligencia artificial nos acercan un poco más a comprender el lenguaje invisible entre el Sol y la Tierra. Pero, por ahora, aún hay algo de azar en cada aparición: una conversación entre ciencia y fortuna. Quizá por eso, haber visto una aurora durante mis tres breves noches en Umeå fue un regalo improbable, una coincidencia perfecta entre la física y la suerte, entre el cálculo y la magia. Y mientras la ciencia sigue afinando sus pronósticos, seguirá existiendo ese momento irrepetible en que el cielo decide encenderse justo cuando estamos mirando.
Me chiflan las plantas, hace unos años desperté esta pasión por nuestros pequeños – y no tan pequeños – amigos verdes y desde entonces me gusta coleccionar algunas de las especies más comunes. Entre mis protagonistas se encuentran varios pothos (Epipremnum aureum) que he ido clonando con técnicas hidropónicas a lo largo de los años, bonsáis (Ficus retusa), un par de monsteras deliciosas (Monstera deliciosa) y mis más recientes adquisiciones son dos diefembaquias (Dieffenbachia), una peperomia de hojas gruesas (Peperomia obtusifolia) y una espada de San Jorge (Sansevieria trifasciata).
En noviembre de 2020, la revista National Geographic publicó en portada una imagen sobre el Concierto para el Bioceno: 2.292 plantas ocupando todos los asientos del Gran Teatro Liceo de Barcelona y un cuarteto de músicos que interpretaba la pieza «Crisantemi» de Puccini. El evento no fue más que un acto simbólico para celebrar la reapertura del teatro tras el confinamiento por la pandemia, el artista español Eugenio Ampudia quería proponer un cambio de paradigma del Antropoceno al Bioceno, poniendo la «vida en el centro». El concierto se retransmitió en vivo y posteriormente se repartieron a los «invitados» entre varios trabajadores del sector sanitario como agradecimiento por su labor durante el COVID-19.
Había escuchado tiempo atrás que a las plantas les gustaba la música, especialmente la música clásica, y al ver aquella portada de la revista pensé que, en vez de ser nada relacionado con un acto simbólico, se trataba de un favor dirigido a ellas.
Y aunque el significado detrás de esa impresionante foto fuera radicalmente distinto a lo que yo pensaba, la ciencia me secunda en mi idea inicial: qué tienen que decir los estudios sobre si a las plantas les gusta o no la música.
Este estudio se diseñó para comprobar de manera controlada si distintos tipos de música afectan al crecimiento del bok choy.
Se cultivó 150 plantas de bok choy en condiciones controladas y las dividió en tres grupos: uno expuesto a música clásica (los Conciertos de Brandeburgo de Bach), otro a música rock instrumental y un grupo control sin música. Durante el crecimiento se midieron peso, altura, número de hojas y características de las raíces. Los resultados mostraron que las plantas con música clásicacrecieron más y mejor: registraron un 38 % más de pesofresco que el control, más hojas y raíces más compactas y voluminosas, mientras que las expuestas a rock fueron las que peor se desarrollaron, con menos biomasa y raíces más débiles.
El estudio muestra que la música clásica favorece el crecimiento y la robustez del bok choy, mientras que la música rock parece inhibir su desarrollo.
Pero, ¿cómo puede una planta escuchar música y encima saber diferenciarla y que termine afectando a su fisiología?
La explicación está en que la música no la “escucha” la planta como nosotros, sino que la percibe como vibraciones mecánicas del aire. Cada estilo musical combina frecuencias (Hz), intensidad (dB) y ritmo (tempo) distintos, y esas vibraciones pueden transmitirse al agua, al sustrato y a los propios tejidos vegetales. Se ha visto que ciertas frecuencias (sobre todo entre 100 y 1000 Hz) pueden estimular la división celular, la actividad enzimática y la apertura de estomas, favoreciendo la fotosíntesis y la absorción de nutrientes. Por el contrario, sonidos demasiado intensos, irregulares o con rangos de frecuencia muy amplios (como ocurre en el rock) pueden generar estrés mecánico, alterar procesos hormonales y limitar el crecimiento.
El reggaetón tendría un efecto similar al rock, así que no le pongáis Bad Bunny a vuestras lechugas.
Hay muchos otros estudios que secundan este crecimiento y que mejora de la fisiología de las plantas gracias a la música clásica, cito varios publicados en los últimos 5 años:
La mayoría de estos experimentos no se han hecho con plantas decorativas, sino con cultivos que comemos a diario: lechugas, bok choy, arroz, trigo o chiles. En realidad, el objetivo no es descubrir si un geranio de salón se emociona con Bach, sino ver si la música puede ayudar a que nuestras hortalizas crezcan más sanas y productivas. Al final, la ciencia busca respuestas que puedan tener un impacto real en la agricultura y en la comida que llega a nuestra mesa.
Si os gusta la música clásica, yo os invito a que la compartáis también con vuestras plantas, ¡puede que no seamos los únicos en disfrutar de un buen concierto!